Galgos milagreros

Hace días que la necesidad de contar esta historia se me presenta cada vez con más fuerza. Por eso, hoy dejé de resistirme y aquí estoy, para hablarte de una realidad que quizá conozcas, de la que quizá hayas escuchado hablar o que, quizá, viviste sin darte cuenta.

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En todo caso, con la historia que voy a contarte hoy me gustaría contribuir a abrir tu percepción a nuevas dimensiones de lo que vivimos y experimentamos a diario. Porque existen cosas pequeñas e invisibles que pueden volver aún más mágica nuestra existencia; pueden, incluso, dar aún más luz a nuestra vida que las grandes y rimbombantes cosas materiales que atesoramos y acumulamos como si de ello dependiera nuestra evolución interior.

Los galgos (y los perros en general, ya expliqué por qué hago esta distinción) son seres que obran milagros.

Y eso acontece diariamente, mientras tú corres detrás de un tiempo que nunca alcanzas y que te va frustrando más y más. Es bueno que lo sepas: mientras tú vives casi por inercia, esa que el mundo capitalista nos impone brutalmente, tu galgo anda por ahí haciendo algún milagro, no lo dudes…

No lo hace para que lo aplaudas, claro que no. Por eso, su performance no se ve afectada si tú no eres conciente de que tienes un milagrero en casa. De hecho, es probable que hasta prefiera mantener su obra en el anonimato, algo que está en la naturaleza de todo verdadero milagrero.

Pero el chiste está, justamente, en conseguir ver esos milagros; porque, cuando lo consigues, sumas nuevas dimensiones a las tres que ya conoces: X/Y/Z. Y te das cuenta de que vivimos montados en la punta de este iceberg que es la vida, desconociendo su mejor parte, la sumergida: el mundo de lo invisible.

Un galgo puede obrar milagros en vida, despierto o dormido, mientras te espera solito en casa o mientras comparte el sofá contigo. Y, caso no lo imagines, te lo diré: tu galgo puede obrar milagros después de morir.

Todas mis galgas han hecho milagros (seguramente más de los que fui capaz de contar). Pero hoy quiero relatarte uno en concreto, obrado por mi galga en Quilla.

Quilla era una galga española de pelo largo color crema con blanco. Llegó a casa el mismo día en que me despedí de Daina, una portentosa greyhound que ya iba con su familia adoptiva. Quilla era todo lo contrario de Daina: pequeña, viejita, un saquito de huesos (nunca mejor dicho) y muy enferma.

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Quilla fue un claro ejemplo de la necesidad de existir casas de acogida…

Quilla sufría de Filaria, la enfermedad del gusano del corazón. Con todo el empeño y cuidados directos de SOS Galgos y míos, realizó y superó el difícil tratamiento (con graves riesgos de reacciones anafilácticas) para esta enfermedad. Quilla luchó durante su fase post-tratamiento y se aguantó como pudo, luchó a pesar de su debilidad extrema. Pero, tras tres meses de luchar, murió en mis brazos.

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Débil como estaba, Quilla supo expresar su dignidad cada día…

Tengo por hábito enterrar a mis perros cuando mueren. Necesito saber a dónde está su cuerpo para ir al sitio cada vez que lo necesito. Sé que su alma ya no está allí, pero es un punto de referencia al que sé que puedo dirigirme cuando me apetece hablarles y no sé hacia donde mirar. Dicen que los primeros asentamientos humanos se desarrollaron en torno a los sitios donde nuestros antepasados enterraban a sus muertos, por lo que me quedo tranquila de saber que no debo de ser la única en tener un cementerio, en este caso, de perritos.

Pero Quilla murió en Barcelona, y allí no conocía cementerio para animales… Qué hacer, entonces? Pedí a Pedro, un amigo cuya casa tenía un jardín muy bonito, si me hacía un huequito para ella… Pedro aceptó de buena manera y esa misma tarde vino a casa a buscarnos para ir a su jardín.

20 de enero como era, pleno invierno, para cuando llegamos a su casa, ya estaba bastante oscuro. Pesada como soy, “toca-narices” cuando algo se me mete en la cabeza, sabía que Quilla debía estar enterrada ese mismo día. Sabía que era mucho pedir pero, al fin y al cabo, mi galga se había muerto, por lo que creí estar en el derecho a ser “toca-narices” sin que me pudieran reclamar nada.

Pedro, y mi novio de aquel entonces, esperaron hasta que escogí el rincón del jardín, buscaron palas y comenzaron a excavar. Ya era de noche y surgió un imprevisto que nos obligó a buscar otro rincón. Cada minuto que pasaba estaba más oscuro, y el jardín ya sólo se iluminaba con la luz que venía desde el interior de la casa. Ante este obstáculo, ambos trataron de disuadirme para dejar el entierro para el día siguiente, alegando que podíamos comenzar bien temprano y hacerlo mejor. Pero eso no estaba en mis planes…

Buscamos otro sitio, y recomenzamos la excavación. De repente, con una palada, zas! Perforamos un caño que protegía la instalación eléctrica y nos cargamos todo, todo… La casa se quedó sin luz; Pedro buscó infructuosamente que su electricista viniese esa misma noche, hasta fue a buscarlo a su casa, pero nada… Pasadas un par de horas, hubo que abortar la misión.

No puedo explicar mi frustración en ese momento: acababa de perder a mi galga, no conseguía enterrarla y encima le había estropeado la instalación eléctrica a un amigo que, con mucho cariño y paciencia, me había prestado su jardín para que ella descansara allí en paz… Qué paz, pensé yo?! Eso no podía estar peor…

Volví a casa en tren, abatida, sabiendo que el cuerpo de mi galga pasaría la noche en un trastero hasta que volviera a amanecer. Pedro, por su parte, pasaría la noche sin luz, sin electricidad, sin calefacción, sin agua caliente…

Era todo una verdadera pesadilla… Pero, para mi sorpresa, cuando retomamos la tarea la mañana siguiente todo aconteció de manera híper fluida, casi mágica. Increíblemente, en 20 minutos, el cuerpo de Quilla quedó perfectamente instalado. Pedro seguía sin electricidad, pero con la misma paciencia del día anterior… Estando ya de vuelta en casa seguí repitiéndome que nada de lo acontecido tenía sentido, que Quilla merecía vivir después de tanto sufrimiento… ¿Por qué tenía que marcharse justo entonces, cuando nos habíamos encontrado?

Horas después, Pedro me llamó por teléfono. Nunca olvidaré lo que me dijo: “Te llamo para que sepas que Quilla acaba de hacer su primer milagro”. Me explicó que, tras varias horas tratando de resolver el problema eléctrico que habíamos causado, había tenido que ir al punto de arranque de su instalación, en un edificio contiguo a su casa, al otro lado de su jardín. Era un sitio al que Pedro no habría ido en mucho tiempo si no fuera porque tenía que recuperar la electricidad… Una vez allí, su electricista y él descubrieron un cortocircuito latente (que nada tenía que ver con lo acontecido la noche anterior) que, en poco tiempo, habría hecho que todo se prendiera fuego. Al ser aquel sitio un depósito donde había mucha madera, telas, muebles, etc., el fuego se habría expandido rápidamente y habría alcanzado su casa sin él poder detenerlo.

Quilla, que ya descansaba en su jardín, lo llevó hasta el problema y lo ayudó a resolverlo. Quilla era un ángel de tan sólo un día, pero ya tenía en su curriculum un milagro… Para mí, que sentía que su partida era un sinsentido, todo se aclaró súbitamente.

Y aunque deseaba volver el tiempo atrás y que Quilla siguiera conmigo, en ese momento supe que tenía que rendirme a la vida y dejar de pensar que ésta era injusta conmigo. Sentí que era hora de darle crédito, de confiar en su sabiduría, de comenzar a transitarla sabiendo que todo tiene un “por qué” que no debemos cuestionar, sino simplemente esperar a que nos sea revelado, en el momento oportuno.

Cada día acontecen milagros en tu vida, sólo tienes que aprender a verlos. Si lo consigues, tu vida será mucho más mágica de lo que imaginabas que podía llegar a ser. Una pista: muchas veces, los milagros más grandes acontecen en tus peores momentos, te cobijan y te dan luz. Si abres los ojos de tu corazón, serás capaz de sentirlos y disfrutarlos.

Hace 5 años que Pedro también también está en el Cielo. Imagino que si encontró a Quilla, debe de haberle dado un fuerte abrazo y un “GRACIAS” muy grande, de corazón.

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