GALGOS EN EL PARO

Un galgo cazador, o atleta, es un trabajador por cuenta ajena. En su vida, no aspira a ser emprendedor, no aspira a independizarse. Se siente satisfecho y útil por tener un jefe porque, cuando se mira a sí mismo, entiende que su trabajo consiste en hacerlo todo bien para agradarle, darle todo lo que le pide, traerle triunfos y trofeos.

“Acaso no soy afortunado?”, dirá el galgo, convencido de que es un digno servidor para su humano. Y lo es…

O Clube da Tula

Pero me pregunto si algo más pasará por la cabeza de un galgo mientras trabaja por cuenta ajena, para un cazador o un socio de canódromo. Imagino que nadie le habrá explicado que como trabajador por cuenta ajena tiene algunos derechos, durante su relación contractual y cuando ésta acaba (no lo sabían, por ejemplo, los galgos del Canódromo de Barcelona, aunque la legislación catalana preveía el retiro digno para todos ellos y aunque muchos lucharon, en vano, porque esos derechos fueran reconocidos).

O Clube da TulaO Clube da Tula

Es probable que un galgo no se preocupe por conocer sus derechos, por confiar en que la capacidad y dignidad con la que lleva a cabo su función de “servidor” será suficiente para garantizarle una plaza vitalicia, como las que se obtienen tras ganar una oposición. En el fondo, eso sería lo correcto; el razonamiento del galgo es bien inteligente:

“Como sirvo con honestidad a mi jefe, seguramente un día seré recompensado; seguramente me ascenderá y hasta llegaré a formar parte de la elite de los que se sientan en el sofá de su casa”.

Como dije, el razonamiento del galgo es lógico, y justo, aunque también ingenuo… Pero: ¿qué se podría esperar de un galgo, sino inocencia y esperanza infinita en los humanos?

O Clube da Tula

Generalmente, un galgo no trabaja para un buen patrón – de esos que te tienen en blanco, con todo en regla, con derecho al paro e indemnización si tu contrato no se renueva, y con derecho a una pensión cuando llegue tu jubilación –. Generalmente, un galgo no trabaja para un patrón de esos que sabe valorar a sus empleados por su mérito, por su buena fe y por su performance, premiando esas cualidades de la manera más justa. Muy por el contrario, un galgo trabaja en régimen de economía sumergida, en condiciones que no distan nada de las que se conocen en el tercer mundo; trabaja en negro y desconoce sus derechos. Y, al desconocerlos, queda vulnerable a todo tipo de explotación, sin hipótesis de reclamación alguna.

Por diferentes circunstancias de la vida, no todas relacionadas con aspectos laborales, siempre fui un poco galgo.

Galgos en el paro, provenientes del Canódromo de Barcelona y de distintas zonas de caza de España, fueron mis primeros ejemplos prácticos de lo que te acontece cuando te quedas sin trabajo, súbitamente. Claro que entonces no era capaz de imaginar lo que sentirían esos seres que, de un día para otro, pasaban de ser “útiles” (para referirme sutilmente a “explotados”) a “inútiles” (para referirme sutilmente a “abandonados” o “sacrificados”).

Como era una realidad de la que era apenas espectadora, pensaba que quedarse en el paro era una cosa que se superaba con relativa facilidad y rapidez. Era lo que veía en mis galgos acogidos o adoptados: unos parados capaces de mirar sólo hacia adelante, sin volver la cabeza atrás para tratar de entender lo que les había acontecido. Con miedos, sí; con traumas, también; pero siempre con la certeza de que debían avanzar hacia su nueva vida.

Mis galgos acogidos y adoptados llegaron a convencerme de que quedarse en el paro hasta podía ser una cosa buena: los que tenían la suerte de ser rescatados, en realidad, pasaban a tener una mejor vida, por lo que el paro me hasta parecía una bendición. Para ellos lo fue; para mí, en cierta manera, también.

Por eso, cuando me quedé en el paro pensé que yo también podría rehacer mi vida sin fricciones: al fin y al cabo, yo era un poco galgo, por lo que mi proceso de luto y renacimiento debía de poder ser parecido.

Pero fue entonces que me di cuenta de algunas diferencias entre los galgos y yo, que desconocía.

O Clube da Tula Una de ellas es que no les llego ni a la altura del metatarso en lo que respecta a inteligencia emocional para cambiar de vida (es decir: escenario físico, entorno humano, rutina, utilidad social…), de un día para otro, y para superar los obstáculos sin que eso afecte mi salud o mi estado de conciencia. En tal sentido, un galgo es un super-héroe, un Ave Fénix en un cuerpo aún más bello. Y no hay cómo competir con eso!

O Clube da Tula El proceso de quedarse en el paro, para un humano, es mucho más complejo de lo que los galgos parados sugieren (a pesar de que los humanos sí conocemos nuestros derechos, podemos reclamarlos y, de hecho, lo hacemos). Como decía, los galgos asumen el paro tan fluidamente que lo hacen parecer un proceso sencillo. Tuve que experimentar la situación en mi propio cuerpo, para percibir que todo lo que admiraba en los galgos era poquísimo en comparación con lo que me quedaba por admirar… Porque el proceso del paro, para galgos y humanos, es el mismo; la diferencia radica en la actitud con la que cada uno se posiciona ante ese precipicio.

O Clube da Tula Me di cuenta también de que, aunque conté bastante tiempo con el apoyo económico del estado (por el que estaré infinitamente agradecida), no hubo a mi disposición una ONG homóloga a las que rescatan galgos, una SOS Humanos, que me rescatara emocionalmente durante el proceso, como éstas lo hacen con los galgos… (lo he visto durante los 9 años que llevo colaborando con una ONG).

Con menos herramientas emocionales y sin apoyo profesional entendido en la materia, vi mi vida dar un vuelco de 180º, injustificado por donde se lo mire si tenemos en cuenta mis competencias profesionales. Y ahora, tras bastante tiempo sin actividad profesional remunerada por cuenta ajena, aún sigo luchando para volver a ponerme de pie… A un galgo nunca le llevaría tanto tiempo…

Quizá me esté demorando más en este proceso de rehabilitación por saber que tengo más años por delante que un galgo. Quizá la inteligencia emocional de un galgo se vea potenciada mágicamente por saber que su paso por este mundo es más corto, y que por eso no se puede perder ni un segundo… Aunque creo que aquí comienzo a buscar excusas: vida más larga o más corta, humana o de galgo, el tiempo es un recurso no renovable, no vuelve atrás ni se reconstruye.

El tiempo no es como la energía, “que no desaparece, sino que sólo se transforma”; el tiempo desaparece si lo dejamos huir, si no lo vivimos intensamente, si no lo vivimos con optimismo.

Sea cual sea la razón que me diferencia de los galgos en el paro en esta fase de mi vida, tengo que aprender de ellos también esta lección. ¡Otra lección! No quiero parecerme a un galgo apenas en los sentimientos y la generosidad. Quiero parecerme también en mi modo de enfrentar la vida, de enraizarme en ella; quiero parecerme en mi destreza para superar obstáculos; quiero dejar de perder el tiempo preguntándome por qué acontecen las cosas en la vida; quiero comenzar a vivirla sin cuestionarla.

O Clube da Tula

Tula, una galga española en el paro, actualmente emprendedora en Oporto

Tengo muchas probabilidades de éxito, porque comparto mi vida con Tula, una parada devenida en digna reformada, devenida en emprendedora (sí, cuando un galgo se queda en el paro, ¡entonces sí que le nace vena emprendedora y se la contagia a su humano!). Tula no duerme en el sofá del jefe que no renovó su contrato temporal; en cambio, duerme en el de otra parada, con la esperanza de transmitirle su sabiduría.

Cuántas Tulas serían útiles y obrarían milagros en el INEM español y en el IEFP portugués!

 

©Queda totalmente prohibida a reproducción total o parcial de los contenidos escritos y gráficos de este artículo, así como la traducción a otros idiomas, sin el permiso previo y expreso de sus autores.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *